
Se trata de un juego de rol para dos jugadores, en el que uno de ellos toma el papel de director y el otro el de un joven explorador urbano que ha decidido visitar una fábrica abandonada.
El formato físico del juego consiste en dos pequeños libretos, cada uno de ellos dirigidos a uno de los jugadores. Carecen de ilustraciones pero son muy cómodos, elegantes y su pequeño tamaño les convierte en el candidato ideal para llevarlo a todas partes contigo.
El sistema de juego se basa en una baraja de cartas. El explorador debe ir sacando y deshechando cartas conforme progrese la historia y según quiera arriesgar o no.
La dinámica del juego, que es lo mejor de todo, se basa en los clásicos librojuegos de aventuras pero suelen realizar descripciones más abstractas y conceptuales, de forma que tienen que ser los jugadores los que definan los detalles. Básicamente, el juego te ofrece la estructura, pero deja todo el color y la narración en manos de los jugadores.

Una vez descrito el producto, voy a centrarme en lo que realmente quería contar: la experiencia de juego. En mi caso, jugué con mi novia dos sesiones, una en la que hice de Jugador y la otra como Maestro de Ceremonias. La primera duró una hora de juego y la segunda poco más de media.
Debo decir que fue una experiencia muy satisfactoria. Ambas sesiones fueron emocionantes, lúgubres y escalofriantes. De hecho, en la primera de ellas llegué a pasar miedo en algunos momentos. Desconozco si el mérito de esto está en el juego o en nosotros como jugadores, pero en un juego de terror mi objetivo final es pasar miedo. Y en esta ocasión lo conseguí.
Ah, se me olvidaba señalar que jugamos las dos sesiones por la tarde.
Bajo una sombrilla.
En mitad de la playa.
Fue genial.