
Me gustaría hacer una pausa y comentar lo que ha sucedido las últimas semanas en España: la Eurocopa. Nunca he sido un gran aficionado al fúrbol y sigo sin comprender la afiliación de la afición (¡toma!) a determinados equipos nacionales, pero creo que la Selección Española merece algo distinto. Desde hace algunos años, siempre que juega la selección española de fútbol intento verla. Es un simple y sano deseo conjunto de que triunfen los nuestros y de disfrutar con ello. Y verla ganar esta Eurocopa ha sido una gozada.
Sin embargo, esta semana he oído en muchas ocasiones que somos todos unos borregos y, aunque no entiendo muy bien el significado de la expresión, me atrevería a decir que somos tan borregos como los que van a un concierto o a una discoteca (por poner ejemplos ajenos a mí). El fútbol no es ni mucho menos tan importante como la política, el trabajo o la misma vida personal. Y por eso casi toda España se ha volcado con ello. Porque es sólo un divertimento que nos ha alegrado la semana a muchos, nos ha hecho olvidar nuestras penas durante unas horas y nos ha hecho felices. Porque cuando la vida te va mal a veces necesitas una alegría para volver al camino. ¿Borregos? No, humanos.
Y mientras mis sentimientos de necesidad patriótica y espíritu antinaciones entrechocaban (ya que mientras no creo en las fronteras creo que para que un país crezca necesita un sano patriotismo) disfrute y sufrí disfrutando de un partido emocionante. A veces, no tiene que gustarte el fútbol ni tu nación. Ver a los veinte chavales más contentos del mundo tiene una felicidad contagiosa que puede hacerte ir a la cama con una sonrisa en la boca.
Y a ver si alguna vez conseguimos que la bandera española mole tanto como les mola la británica y la estadounidense a sus dueños. Y sí, punkis incluídos.
Es curioso cómo me parece haber escrito un post político cuando lo único de lo que he hablado es de fútbol. El deporte es lo que tiene. Que sólo es deporte.